El extraño vínculo entre el autismo y el auge de los hackers adolescentes en Reino Unido
En una tranquila zona rural del condado de Cumbria, un adolescente llamado Lucas esperaba junto a la ventana de su casa la llegada de un policía. Tenía 16 años y acababa de ser descubierto pirateando los sistemas informáticos de su escuela por segunda vez. No lo hizo por dinero ni por venganza. “Era como un desafío, quería ver si era capaz de hacerlo”, confesaría más tarde.
Lo que Lucas no sabía era que su historia no era un caso aislado, sino el síntoma de un fenómeno que las autoridades británicas ya consideran una amenaza creciente para la seguridad nacional. Y en el centro de ese fenómeno hay un denominador común que los expertos en psicología forense están empezando a descifrar: la neurodiversidad.
Las cifras que preocupan a Scotland Yard.
En los últimos ocho años, más de 1.150 casos han llegado al programa Cyber Choices de la Agencia Nacional contra el Crimen (NCA). Casi 600 de ellos se produjeron en los últimos tres años. El agente Sam Cooper, especializado en prevención de delitos cibernéticos, lo dice sin rodeos: “La gran mayoría de las personas con las que trato son neurodiversas”.
No es una impresión subjetiva. Los estudios señalan que un porcentaje significativo de los jóvenes involucrados en ciberdelitos presenta rasgos autistas. En el programa Prevent, el equivalente gubernamental para la prevención del terrorismo, las personas con autismo representaron el 14% de todas las derivaciones en el año que terminó en marzo del 2025, a pesar de que apenas suponen el 1% de la población general.
La pregunta que los investigadores forenses y psicólogos criminales llevan años haciéndose es por qué.

El perfil del hacker adolescente: una mirada desde la psicología forense.
La profesora Clare Allely, catedrática de Psicología Forense en la Universidad de Salford, ha dedicado su carrera a estudiar la intersección entre el trastorno del espectro autista y el comportamiento delictivo, incluyendo el cibercrimen. Su trabajo, junto con el de otros expertos, ha identificado patrones que ayudan a explicar esta conexión.
Los rasgos asociados al autismo —la capacidad de concentración intensa en sistemas lógicos, la “sistematización” que describe la neurociencia, la percepción del detalle y el pensamiento estructurado— son exactamente las habilidades que convierten a alguien en un hacker talentoso. Pero también son las que, combinadas con dificultades para comprender las sutilezas sociales y las consecuencias de los actos, pueden llevar a estos jóvenes por el camino equivocado.
El agente Cooper lo explica con claridad: “A veces se obsesionan con ciertos objetivos y no escuchan a los adultos que les rodean”. Esa fijación, esa incapacidad para sopesar las consecuencias más allá del desafío técnico inmediato, es lo que los hace vulnerables.
El caso Arion Kurtaj: cuando el talento se encuentra con la justicia.
En el año 2023, Arion Kurtaj un adolescente diagnosticado con “autismo agudo” (una forma severa), fue declarado por un tribunal británico no apto para ser juzgado. Su delito: haber pirateado Rockstar Games, la empresa detrás de Grand Theft Auto, utilizando únicamente un Amazon Firestick, un teléfono móvil y el televisor de un hotel. Había filtrado 90 clips del videojuego aún no lanzado.
Kurtaj era miembro de Lapsus$, un grupo internacional de hackers adolescentes. Los psiquiatras que lo evaluaron determinaron que, debido a su grave autismo y otros trastornos del desarrollo, no era capaz de entender el proceso judicial ni de asumir la responsabilidad de sus actos. Fue internado en un hospital psiquiátrico de alta seguridad por tiempo indefinido.
El ataque a TfL: cuando el juego se vuelve real.
El caso de Kurtaj no fue excepcional. En julio del 2026, Owen Flowers, de 18 años, y Thalha Jubair, de 20, fueron condenados a cinco años y medio de prisión por el hackeo al sistema de Transport for London (TfL). Ambos tienen autismo.
El ataque, que duró 16 horas y fue transmitido en vivo por internet, paralizó los servicios en línea de TfL durante meses, robó los datos personales de millones de personas y obligó a los 27.000 empleados de la empresa a restablecer sus contraseñas en persona. El coste total para TfL: 29 millones de libras.
¿Cómo lo hicieron? Los dos jóvenes, ambos “solitarios obsesionados con los ordenadores” que pasaban la mayor parte de su tiempo en sus habitaciones, engañaron a un trabajador del servicio de atención telefónica para que restableciera la contraseña de un empleado al que estaban suplantando.
Flowers había tenido la oportunidad de inscribirse en el programa Cyber Choices cuando tuvo sus primeros problemas legales poco después de cumplir 16 años. Se negó a participar.

El dilema forense: ¿rehabilitar o criminalizar?
Desde la perspectiva de la informática forense, el rastro digital que dejan estos jóvenes es a menudo fácil de seguir. Pero el problema no es técnico, es humano. Flowers y Jubair formaban parte de Scattered Spider, un grupo de hackers de habla inglesa vinculado a docenas de ataques contra organizaciones como MGM Grand, Marks & Spencer y Co-op.
El juez que los condenó tuvo en cuenta su juventud y su condición neurodivergente como atenuantes. Pero también señaló un agravante: su “alto nivel de especialización” significaba que probablemente entendían el impacto de sus acciones.
Ese es el dilema central que enfrentan las autoridades. Por un lado, está la evidencia forense de delitos graves. Por otro, el perfil psicológico de unos jóvenes que, en muchos casos, empezaron simplemente experimentando con la tecnología.
El camino de la rehabilitación: Cyber Choices en acción
El programa Cyber Choices, también conocido como Cyber Prevent, funciona como un curso de rehabilitación para hackers. El agente Cooper visita a los jóvenes en sus casas, les explica que los ciberataques tienen consecuencias reales y luego trabaja con ellos durante meses para orientar sus intereses hacia la formación profesional.
Izak, un profesional de ciberseguridad de 21 años, es un ejemplo de éxito. Diagnosticado con TDAH y autismo, se sintió más atraído por los ordenadores que otros niños. A los 15 años pirateó los sistemas de su colegio para poder usar Photoshop. También se vio envuelto en grupos ciberdelincuentes que ganaban “mucho dinero”.
Una visita de la policía de Leicestershire lo llevó al programa Cyber Choices y lo ayudó a ver la ciberseguridad como una oportunidad laboral, animándole a “utilizar mis habilidades cibernéticas para el bien”.
La crítica y la controversia
No todos están de acuerdo con el enfoque de Cyber Choices. Algunos críticos argumentan que enseñar habilidades cibernéticas a jóvenes que ya han mostrado interés en la piratería conlleva el riesgo de convertirlos en delincuentes más capaces. En un caso judicial en curso, un adolescente que había sido inscrito en el programa presuntamente cometió otros delitos.
Paul Foster, responsable de la prevención cibernética en la NCA, defiende el programa: “Mi temor es que si no les proporcionáramos algo como Cyber Choices, ¿de dónde obtendrían esa información y adónde les llevaría esa información?”
El factor oculto: el desempleo y la exclusión social
Hay un dato que ayuda a entender por qué tantos jóvenes autistas terminan en el cibercrimen. Las personas autistas tienen siete veces más probabilidades de prosperar en entornos de resolución de problemas estructurados como la ciberseguridad. Sin embargo, el 71% de los adultos autistas en Reino Unido están desempleados.
Esta brecha entre el talento y la oportunidad es el caldo de cultivo perfecto para que los grupos criminales recluten a estos jóvenes. Como señala un estudio de la NCA, los sospechosos de ciberdelitos en Reino Unido tienen una edad media de solo 17 años.

La paradoja de la mente hacker
Desde el psicoanálisis, la atracción de estos jóvenes por el hacking puede entenderse como una búsqueda de control y orden en un mundo social que les resulta caótico e impredecible. Las computadoras son lógicas. Los sistemas tienen reglas claras. Cuando hackeas, el éxito o el fracaso dependen de tu habilidad técnica, no de tu capacidad para leer las sutilezas de una conversación.
El agente Cooper lo resume con una observación que dice mucho: los jóvenes con los que trabaja “tienen más afinidad con las computadoras que con la realidad práctica y social”.
Para Lucas, el miedo a que un policía apareciera en su puerta le hizo replantearse las cosas. Admite que si no lo hubieran descubierto y ayudado, habría seguido superando los límites en su exploración.
El futuro: ¿una generación perdida o una oportunidad desperdiciada?
El desafío que enfrenta Reino Unido no es solo policial. Es educativo, sanitario y social. Las autoridades advierten que los grupos de hackers adolescentes están desempeñando un papel cada vez más importante en los ciberataques graves. Y la tecnología avanza más rápido que los mecanismos de prevención.
La NCA espera poder intervenir antes de que la curiosidad, el talento y la influencia en línea se conviertan en delitos graves. Pero para ello necesitan llegar a estos jóvenes antes de que sea demasiado tarde.
El caso de Flowers es un recordatorio de lo que ocurre cuando el programa fracasa. Tuvo la oportunidad de rehabilitarse y la rechazó. Ahora cumple cinco años y medio de prisión.
El caso de Izak es el otro lado de la moneda. Hoy tiene 21 años, trabaja en ciberseguridad y utiliza sus habilidades para el bien.
Por José R. Leonett. Fundador del Observatorio Guatemalteco de Delitos Informáticos – OGDI.
